La obra de Juan Ruiz de Alarcón se sitúa en la época donde el barroco prevalecía, “Las paredes oyen” es sin duda un de sus trabajos más representativos. Fue escrita en 1628 en España, durante una época un tanto difícil para la sociedad de aquel país.
El barroco tenía como característica tratar temas relacionados con el honor, el estoicismo, la moralización, el desengaño (como consecuencia de lo vivido en la crisis),etc. mismos que también son muy observables en este trabajo cuando por ejemplo Don Juan busca la ocasión para hablar con Doña Ana sin ofender su honra, cuando soporta estoicamente su destino a vivir sin ella porque cree no merecerla y la enseñanza moral que se da al final de esta obra cuando Beltrán refiere: “Y pues este ejemplo ven,/ suplico a vuestras mercedes/ miren que oyen las paredes, / y, a toda ley, hablar bien.” Y el desengaño cuando Lucrecia intenta abrir los ojos a Doña Ana con la carta de Don Mendo.
La prudencia al hablar
Todo comienza con la confesión del amor que siente por Doña Ana (viuda desde hace tres años) un hombre llamado Don Juan, de cuna humilde, poco agraciado físicamente, quien le confía todo a su muy cercano amigo Beltrán (quien a lo largo de la obra demuestra una gran amistad), mismo que lo alienta a hacer un esfuerzo para conseguirla y le da esperanzas haciéndole ver que lo importante es el amor (tema del teatro de Lope).
Don Juan se arma de valor y va a decirlo todo a Doña Ana, haciéndole ver primero que no espera que le corresponda, sino más bien dar alivio a su alma habiéndolo dicho. De Mendoza cuida todo el tiempo la manera en que la trata para no ofenderla en su honor: “No he de arriesgarme a ofender/ a quien pretendo obligar;/ que, como es tan delicada/ la honra suele perderse/ solamente con saberse/ que ha sido solicitada” (importante para la sociedad española).
Por otra parte Don Mendo quien tiene una relación con Lucrecia (prima de Ana) manda una carta a ésta para intentar convencerla de que no desea nada con Doña Ana y con ello acabar sus celos (tema barroco).
Doña Ana no es indiferente a las galanterías de su seguidor, pero como es viuda se ve en el deber de terminar el novenario para poder salir con él (la religión aún con gran peso). Ella tenía planeado salir a Madrid. Tanto Don Juan, como Don Mendo saben que ella partirá.
Pasa que llega un Duque quien se hace acompañar de Beltrán, Don Juan y Don Mendo para que lo orienten y lo pongan al tanto de las cosas de la ciudad, pues dice que no puede quedar mal, cuida su prestigio que entonces lo era todo para las personas. Al llegar hasta la casa de Ana, el Duque Urbino pregunta por ella, Don Juan se deshace en halagos, mientras que Mendo, temiendo tener competencia (era mejor partido por su estatus) miente sobre su físico, la hace pasar por vieja y fea. Ante tales contradicciones el Duque desea conocerla y comprobarlo por él mismo, pero ambos le refieren que ha salido de la ciudad.
Lo que nadie sabía es que iba a partir hacia la media noche y que se encontraba hablando con Celia cerca del balcón donde ellos desde fuera hablaban. Estas mujeres debatían el hecho de que la viuda nunca tomaría en serio a Don Juan porque era muy feo, Celia lo defendía diciendo que lo importante eran los sentimientos. Su plática es interrumpida por voces que vienen de fuera y así es como Doña Ana escucha todos los agravios de Mendo, quedando desengañada: “Las paredes oyen”.
Más tarde los tres hombres se dan cuenta que la dama aún no parte, la visitan y el Duque queda prendado de ella, se le ocurre que para estar cerca se harán pasar por cocheros (Don Juan y el Duque), sin que el mentiroso pretendiente lo sepa. Debido a que el humilde admirador se ve sin oportunidades, decide apoyar al Duque en su conquista por la dama, de esta forma se librará de Mendo y por lo menos le quedará la satisfacción de que no se la quedó un hombre como él.
Antes de su viaje Doña Ana le hace saber a Don Mendo que ha descubierto lo que ha dicho de ella, él sospecha que Don Juan le dijo todo.
Ya ataviados en su disfraz (de cocheros) y sin reconocerlos, Don Mendo soborna a los pretendientes con una cadena para que paren el coche de Doña Ana y así poder hablar con ella a solas. Así lo hacen y cuando los ex-enamorados discuten las cosas toman tintes más fuertes al grado que Don Mendo deseaba aprovecharse de la viuda, saliendo luego los cocheros al rescate. Esto genera que Doña Ana se enamore más de Don Juan, pero no se lo dice porque no quiere parecer liviana (según lo marcaba la sociedad), aquí es donde viene lo del sentido de la honra no tan estricto ya antes mencionado.
Don Mendo resulta herido y huye hacia Alcalá donde se repone. Como ya ve todo perdido hace un último intento enviándole con el Conde una carta a Doña Ana confesándole su culpa pero haciéndole ver que tenía motivos para decir lo que dijo. Al estar leyendo ella la carta Don Juan se aproxima y la lee también. Se siente ofendido de que la haya aceptado porque ya se habían confesado su mutuo amor. Don Mendo llega al lugar y la dama para solucionar cualquier mal entendido, le dice a su pretendiente que se esconda para que escuche lo que le tiene que decir a quien la engañara.
Mendo le confiesa que la carta a Lucrecia era para deshacerse de su prima y lo que dijo al Duque era para evitar que se enamorara de ella. Aquí es donde surge la enseñanza de este drama, Doña Ana le dice: “A Don Juan la mano di/ porque me obligó diciendo/ bien de mí, lo que Don Mendo/ perdió hablando mal de mí. Éste es mi gusto, si bien/ misterio del cielo ha sido/ con que mostrar ha querido/ cuánto vale el hablar bien.”
Don Mendo paga sus culpas quedándose sólo, sin Ana y sin Lucrecia, porque ella le da su mano al Conde. Al final Beltrán dice que hay que hablar bien porque las paredes oyen.
El barroco tenía como característica tratar temas relacionados con el honor, el estoicismo, la moralización, el desengaño (como consecuencia de lo vivido en la crisis),etc. mismos que también son muy observables en este trabajo cuando por ejemplo Don Juan busca la ocasión para hablar con Doña Ana sin ofender su honra, cuando soporta estoicamente su destino a vivir sin ella porque cree no merecerla y la enseñanza moral que se da al final de esta obra cuando Beltrán refiere: “Y pues este ejemplo ven,/ suplico a vuestras mercedes/ miren que oyen las paredes, / y, a toda ley, hablar bien.” Y el desengaño cuando Lucrecia intenta abrir los ojos a Doña Ana con la carta de Don Mendo.
La prudencia al hablar
Todo comienza con la confesión del amor que siente por Doña Ana (viuda desde hace tres años) un hombre llamado Don Juan, de cuna humilde, poco agraciado físicamente, quien le confía todo a su muy cercano amigo Beltrán (quien a lo largo de la obra demuestra una gran amistad), mismo que lo alienta a hacer un esfuerzo para conseguirla y le da esperanzas haciéndole ver que lo importante es el amor (tema del teatro de Lope).
Don Juan se arma de valor y va a decirlo todo a Doña Ana, haciéndole ver primero que no espera que le corresponda, sino más bien dar alivio a su alma habiéndolo dicho. De Mendoza cuida todo el tiempo la manera en que la trata para no ofenderla en su honor: “No he de arriesgarme a ofender/ a quien pretendo obligar;/ que, como es tan delicada/ la honra suele perderse/ solamente con saberse/ que ha sido solicitada” (importante para la sociedad española).
Por otra parte Don Mendo quien tiene una relación con Lucrecia (prima de Ana) manda una carta a ésta para intentar convencerla de que no desea nada con Doña Ana y con ello acabar sus celos (tema barroco).
Doña Ana no es indiferente a las galanterías de su seguidor, pero como es viuda se ve en el deber de terminar el novenario para poder salir con él (la religión aún con gran peso). Ella tenía planeado salir a Madrid. Tanto Don Juan, como Don Mendo saben que ella partirá.
Pasa que llega un Duque quien se hace acompañar de Beltrán, Don Juan y Don Mendo para que lo orienten y lo pongan al tanto de las cosas de la ciudad, pues dice que no puede quedar mal, cuida su prestigio que entonces lo era todo para las personas. Al llegar hasta la casa de Ana, el Duque Urbino pregunta por ella, Don Juan se deshace en halagos, mientras que Mendo, temiendo tener competencia (era mejor partido por su estatus) miente sobre su físico, la hace pasar por vieja y fea. Ante tales contradicciones el Duque desea conocerla y comprobarlo por él mismo, pero ambos le refieren que ha salido de la ciudad.
Lo que nadie sabía es que iba a partir hacia la media noche y que se encontraba hablando con Celia cerca del balcón donde ellos desde fuera hablaban. Estas mujeres debatían el hecho de que la viuda nunca tomaría en serio a Don Juan porque era muy feo, Celia lo defendía diciendo que lo importante eran los sentimientos. Su plática es interrumpida por voces que vienen de fuera y así es como Doña Ana escucha todos los agravios de Mendo, quedando desengañada: “Las paredes oyen”.
Más tarde los tres hombres se dan cuenta que la dama aún no parte, la visitan y el Duque queda prendado de ella, se le ocurre que para estar cerca se harán pasar por cocheros (Don Juan y el Duque), sin que el mentiroso pretendiente lo sepa. Debido a que el humilde admirador se ve sin oportunidades, decide apoyar al Duque en su conquista por la dama, de esta forma se librará de Mendo y por lo menos le quedará la satisfacción de que no se la quedó un hombre como él.
Antes de su viaje Doña Ana le hace saber a Don Mendo que ha descubierto lo que ha dicho de ella, él sospecha que Don Juan le dijo todo.
Ya ataviados en su disfraz (de cocheros) y sin reconocerlos, Don Mendo soborna a los pretendientes con una cadena para que paren el coche de Doña Ana y así poder hablar con ella a solas. Así lo hacen y cuando los ex-enamorados discuten las cosas toman tintes más fuertes al grado que Don Mendo deseaba aprovecharse de la viuda, saliendo luego los cocheros al rescate. Esto genera que Doña Ana se enamore más de Don Juan, pero no se lo dice porque no quiere parecer liviana (según lo marcaba la sociedad), aquí es donde viene lo del sentido de la honra no tan estricto ya antes mencionado.
Don Mendo resulta herido y huye hacia Alcalá donde se repone. Como ya ve todo perdido hace un último intento enviándole con el Conde una carta a Doña Ana confesándole su culpa pero haciéndole ver que tenía motivos para decir lo que dijo. Al estar leyendo ella la carta Don Juan se aproxima y la lee también. Se siente ofendido de que la haya aceptado porque ya se habían confesado su mutuo amor. Don Mendo llega al lugar y la dama para solucionar cualquier mal entendido, le dice a su pretendiente que se esconda para que escuche lo que le tiene que decir a quien la engañara.
Mendo le confiesa que la carta a Lucrecia era para deshacerse de su prima y lo que dijo al Duque era para evitar que se enamorara de ella. Aquí es donde surge la enseñanza de este drama, Doña Ana le dice: “A Don Juan la mano di/ porque me obligó diciendo/ bien de mí, lo que Don Mendo/ perdió hablando mal de mí. Éste es mi gusto, si bien/ misterio del cielo ha sido/ con que mostrar ha querido/ cuánto vale el hablar bien.”
Don Mendo paga sus culpas quedándose sólo, sin Ana y sin Lucrecia, porque ella le da su mano al Conde. Al final Beltrán dice que hay que hablar bien porque las paredes oyen.
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